Treinta y nueve segundos

3.685 fallecidos y 17.907 personas sin hogar luego de los terremotos, según  Gobierno de Delcy Rodríguez - France 24

Mi experiencia tras el sismo del 24 de Junio. 

A las seis y media de la tarde de un día común, de esos donde la vida parece fácil, un doble sismo de 7,2 y 7,5 acabó con un estado completo y dejó un trauma colectivo del que todavía no creo haber salido.

El 24 de junio, igual que cualquier día libre, mi rutina se definió en una sola cosa: tratar de hacer el máximo número de tareas posibles para que la universidad no me comiera viva. Me encontraba haciendo un ensayo de un personaje que he nombrado mucho en alguna que otra crónica, Álvaro Montenegro. Era un ensayo de ética y legislación donde se trataba de explicar cómo hasta los mejores periodistas se equivocan; pero la diferencia entre un comunicador y el que no lo es radica justamente en eso: la manera en que se retracta.

Hace un par de meses, luego de semanas de trabajo, pude lograr una meta: cambiar de celular luego de que el que tenía desde hace seis años ya pedía santo descanso.

Quién diría que un teléfono Motorola me alertaría de una catástrofe natural. Mientras me encontraba redactando el segundo párrafo de mi ensayo, de repente empezó a sonar un ruido raro del teléfono.

—Seguro es mi mamá que quiere que bote la basura.

Hasta que vi una notificación de alerta de sismo. No le presté mucha atención, porque en mi mente seguro era un temblor en alguna zona cercana de Barlovento donde no me vería afectada. Pero como Dios se encuentra en los pequeños detalles, mi cama se empezó a mover como una alerta de que no era un temblor lejos de mi casa, sino más cerca de lo que pensaba: un terremoto doble estaba sacudiendo toda la costa del país y mi casa, mi lugar de descanso de toda la vida, se movía como si todo estuviera en una licuadora.

¿Y lo peor de todo? Todo temblaba con una rapidez que nunca en mi vida había visto. Los cuadros que mi mamá con tanto amor contaba que había comprado hace años en Mérida (que coincidían con mi llegada al mundo) se desprendían de la pared con una facilidad que daba miedo. Las escaleras de mármol que mi papá tanto amaba parecían de goma, pero aún así pensé que todo estaba pasando en cámara lenta. Una carrera por llegar al lado de mi mamá me hizo dejar todo aquello que tanto cuidaba: mis equipos de trabajo, mis amados libros que sentía como una extensión de mí, como un brazo o una pierna, mis discos... todo aquello por lo que me esforcé en tener desapareció.

No recuerdo cómo llegué a la puerta a pesar de que mi mamá lo cuenta mil veces; tampoco recuerdo si llamé a alguien. Lo único que recuerdo fue que la puerta estaba abierta por alguna cosa mecánica que estaba haciendo mi papá, y gracias a eso pudimos colocarnos debajo del marco de la puerta por treinta y nueve segundos y abrazarnos. Después de eso cerré los ojos… y lo que vino después fue caos.

El desmayo de mi mamá, el shock de mi hermana, el desconcierto de mi papá y todos mis vecinos con la misma duda que pasaba por mi cabeza: ¿qué acababa de pasar?

En medio de tanto caos hay una melodía que no salía de mi cabeza sin saber por qué: la melodía de Cinema Paradiso, con su lema de no caer en la trampa de la nostalgia... ya añoraba lo que no sabía que se había destruido.

Mientras veía cómo mi papá ayudaba a una niña de siete años a quitarse avispas de todo el cuerpo —porque, como desgracias de la vida, un panal de avispas en el momento del sismo se cayó y dejó a muchos vecinos heridos de picadas—, en el caso de la niña se le enredaron en todo el cabello y muchos vecinos intentaban ayudarla, entre ellos, mi padre.


Al vivir en un piso alto, el temor de que algo pasara hizo que tuviera que pasar dos noches durmiendo en el carro de mi papá y largas tardes en el estacionamiento por réplicas que en más de una ocasión nos robaron la paz. Una semana antes, donde mi cotidianidad no era un recuerdo lejano como lo es hoy en día, practicaba yoga en la universidad sin saber que ese mat donde sufría haciendo cualquier posición se volvería una cama improvisada. Con mis audífonos y una playlist de Spotify que no sabía cómo sonaba si me había quedado sin señal, se me ocurrió un verso que anoté en mi agenda, que fue una de las pocas cosas que pude sacar cuando mi casa se vino abajo:

Porque suave como una nube, dulce como una caricia, intenso como el beso del primer amor...
Todo pasa, todo cierra y con la fortaleza de que algo mejor llegará, todo dolor pasará.
En los momentos duros de la vida, cuando el corazón se arruga y el alma duda, el futuro nos da una certeza: de un amanecer, de una nube, de algo que vendrá.
Con el beso de una madre y la risa de un buen amigo todo se recuperará y volverá a ser mejor que ayer.”

Y en ese momento decidí dejar de posponer y comenzar a crear. Comenzar mi carrera, por así decirlo, en medio de una tragedia nacional no es un orgullo, pero sí una razón para decir que mis estudios sirvieron de algo. Toda la vida pensé que sería reportera en el momento que una situación mayor me obligara o cuando me sintiera lista; y resultó que la primera fue la que ganó.

Hablar de mi trabajo contando todo lo que pasó en La Guaira es historia para otro día, pero mi experiencia me demostró algo… treinta y nueve segundos te dan una experiencia que te puede cambiar la vida.








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