Quedé como la propia payasa (y por qué fue lo mejor que me pasó)
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Hace poco viví mi primer fracaso, aunque después aprendí que fue una lección. Mientras el orgullo no me dejaba respirar y la rabia ni pensar, me dije a mí misma algo que siempre me dice mi papá: "Lo mejor es lo que pasa".
Esperé demasiado para hacer mis pasantías en un lugar donde soñaba muchísimo hacerlo, ¿y qué creen? Quedé como la propia payasa porque me hicieron una que mejor ni cuento.
Pero, mientras llamaba a una profesora llorando (porque como buena escorpiana todo lo siento desde las entrañas), ella me dijo: "Desahógate, pero tranquila que las haces conmigo".
Al momento dejé de llorar y después me sentí como una tonta por tanto drama; hay gente que está peor. Pero en este largo camino de aprender a aceptar lo que la vida nos da y a vivir siendo adultos chiquitos, me di cuenta de algo que me decía mi querida profesora mientras me calmaba: esto te enseñará y te ayudará a aprender. Estas son las lecciones que te da la vida.
Y fíjense, en medio de mi frustración y mis ilusiones destrozadas, aprendí una cosa: cuando la vida te cierra una ventana, te abre tres puertas. En menos de un mes conseguí trabajo, nuevas pasantías, mucho movimiento y, al final, ni me acordaba de donde no me aceptaron, sino de todas las oportunidades que se me ponían en el camino.
Una vez leí que, si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes. Aunque mi manera de verlo es que, en medio del llanto, la frustración me dura diez minutos y enseguida resuelvo. Porque en este transcurso llamado adultez aprendí que resolver es fundamental.
Y llevarse malos ratos también; no solo para enseñarnos que no somos la tapa del frasco pero que tampoco somos nuestras decepciones. Y que a veces nos serruchan los planes para ponernos algunos mejores, sino para sabrosearnos la amargura de lo que no se dio y distinguir el dulzor de las mieles de las metas cumplidas.
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