Anais Duarte: Algo más que “La chica polar".
–Te tengo una propuesta indecente, ¿te quieres ir conmigo a McDonalds y comerte un helado? Yo te invito, es mi placer culposo y necesito una cómplice.
Fue el comienzo de una tarde digna de ser contada. Yo siempre he creído en el poder de la insistencia, decir que busque a Anais hasta debajo de las piedras es poco, pero en menos de 24 horas obtuve respuesta, me confirmaba la entrevista y me ponía en un gran dilema. Es necesario hablar del increíble poder de la viralidad. Eso que nos entretiene pasa de una persona a otra y cuando vemos miles que lo han visto, comentado y compartido.
Y ahí llegaron los dilemas ¿cómo se entrevista a una Chica Polar? ¿qué se le pregunta de su vida? o ¿desde cuándo toma cerveza? En medio de un café en un centro comercial de Caracas, con un árabe que gritaba ser dueño de medio este de la ciudad, una dueña que no sabía cómo botarlo del local, se dió el comienzo a esta entrevista para conocer a la viral Chica Polar, Anaís Duarte.
¿Quién es Anaís Duarte?
Anaís nació entre olas y arena, en el estado Nueva Esparta, y sus ojos verdes recuerdan al mar donde aprendió a nadar antes incluso de caminar. Tras el divorcio de sus padres, Caracas se convirtió en su nuevo escenario, aunque su vínculo con la playa nunca se rompió.
–Nací prácticamente nadando. Cuando mis padres se divorciaron, mi mamá me metió en natación para tenerme ocupada, pero mi relación con la playa es de raíz.
De personalidad risueña y contagiosa, Anaís no toma café pero el té frío abunda en su vida. Su risa, dice quien la conoce, puede alegrar hasta el lugar más calmado. Y si quiere algo, insiste hasta conseguirlo, aunque le cueste. Ella misma explica qué “cuando quiero algo, lo intento mil veces, aunque me reviente la cabeza”.
La viralidad tiene el poder de transformar lo cotidiano en fenómeno donde todos conocemos la vida de una persona. Así le sucedió a Anaís: una tarde de amigos, entre risas y cervezas Polar —su favorita desde joven—, decidió grabar un video. El mensaje era sencillo, pero tocó a miles.
–Mi aspiración era: yo no quiero comprar más cerveza, yo quiero que me regalen los vacíos. Después entendí que podía aspirar a más.
El video viral
–Un día fuimos a Mochima y le dije a mi mejor amiga: grábame, que ya tengo toda la idea en la cabeza.
Me había hecho un guión, porque en mi mente pensaba: “A estas jevas para estar aquí les tienen que hacer casting”. Así que me inventé un casting y lo hice. Luego del video, descubrí que ser chica Polar era más difícil que conseguir una cita para el Miss Venezuela, en sus palabras: una vaina loca.
Después de pasar unos días con sus amigos en la playa, al llegar a casa editó el video y lo subió en lo que considera la mejor hora para postear: las siete de la noche. Al principio recibió comentarios de su comunidad, amigos y allegados... y lo demás es historia.
Aunque muchos buscaron explicaciones rebuscadas sobre por qué se grabó el video viral, el mensaje era sencillo desde el comienzo. Anaís, desde muy joven, consumía cerveza Polar; siempre tuvo una alta resistencia al alcohol y la cerveza era parte habitual de su vida. Por eso, el producto no solo le gustaba, sino que sentía la necesidad genuina de hablar de él.
Antes del video viral, Anaís había hecho un carrusel en la playa, y varias chicas Polar le comentaron. Pensó que todas serían sus amigas, pero, como ella misma explica, eso quedó ahí.
—Tengo mi propia agencia de marketing. Me gusta crear y, de hecho, desde hace tiempo he creado conceptos y estrategias para otras marcas. Un día me pregunté: ¿si me hago yo mi manual de marca, qué pasa?
Diseñó un manual de marca para sí misma, pero con una base distinta: en vez de enfocarse en ventas o viralidad, eligió hablar desde el amor, por lo que transmite y hace. Así nació un pilar importante de su contenido: “coquetearle a las marcas”. Todo giraba en torno al amor y Polar era una de las marcas que quería conquistar.
–Si tú nada más me seguiste porque soy la caraja que bebe cerveza, no es el perfil. Mañana voy a salir hablando de crónicas de amor. Eso también soy yo.
Desde ese día nació en Anaís el impulso constante de querer su valla, sí, porque sí. Tenía una meta clara y se aferró a ella con la misma determinación de siempre. Pero para Anaís, el video era mucho más que un juego o una estrategia para conseguir cerveza gratuita:
—Yo de pana tenía un mensaje más grande para dar; no quería que pensaran que era la jeva que solo bebe cerveza y ya.
Aunque anhelaba poder ser chica Polar, no imaginó la enorme responsabilidad que implicaría. De tener cinco mil seguidores pasó a 173 mil en menos de 48 horas. Y no solo eso: Anaís, que llevaba una vida común —se levantaba, iba a trabajar, salía con sus amigos—, pasó de ser una periodista ucabista a ser buscada por medios internacionales.
—Al día siguiente de grabar el video yo estaba en terapia hablando de cómo me sentía, porque estaba abrumada por tanta atención y, además, los medios no respetan. Me llamaban a la oficina preguntando si ahí trabajaba 'la chica Polar'. Y aunque no me quejo de lo que le pedí al universo, a veces hay que ser específica con lo que deseamos.
Los estereotipos y el cuerpo ideal
—El primer reto fue que a la mayoría no le importaba si era una propuesta creativa o no, lo único que hacían era criticarme por mi cuerpo. Era todo un país hablando de lo que me generó inseguridad toda mi vida: mi cuerpo.
La gente no buscaba saber si estaba graduada, si había hecho algo grande o quién era realmente: solo querían fotos donde se viera en traje de baño para juzgarla. Aunque recibió comentarios de odio, algo terminó cambiando su perspectiva:
—Un amigo me dijo: en internet es normal que se generen olas de odio y tú generaste una ola de amor. Demasiada gente me escribió dándome las gracias y me di cuenta de que aquí hay una necesidad muy grande de mostrar algo diferente y nadie lo está haciendo.
Quiso ser la primera en hablar de eso. Retomando su adolescencia y niñez, explica que, aunque creció en un hogar lleno de amor, siempre existió la presión por el cuerpo distinto o corpulento. Le tomó años entender que existían temas de trastornos alimenticios en su familia y, por eso, tantos complejos con su propio cuerpo.
—Cuando tenía 15 años, mi abuela me pedía que no se quería morir sin verme flaca, que por favor yo le regalara eso. Con los años me di cuenta de que ella hablaba más de una necesidad suya que mía.
Desde pequeña fue a endocrinos, nutricionistas, dietistas —los famosos “médicos de mises"—. Una vez, durante dos meses de vacaciones, hizo una dieta estricta que la llevó a rebajar diecisiete kilos. Sobre esto,explica:
—Casi me muero pa'l coño, porque lo único que comía era pollo, lechuga, tomaba agua, hacía muchas horas de ejercicio… Le tenía miedo a las pesas porque pensaba que eso me iba a hacer grande, y lo que más temía era ser grande–explica–recuerdo que el médico en una consulta me decía: “¿Tú te has visto la cara? ¿Lo bonita que eres? ¿Tú crees que es justo que tengas ese cuerpo?” Cuando logré el cuerpo que siempre había querido, pensé: ajá, ¿y ahora? ¿No hay más?
Se quedó esperando todos los cambios y reconocimientos prometidos. Salió de la consulta y ese día, en el metro de Petare a La California, el trayecto lo hizo con náuseas. Cuando llego al Unicentro El Marqués no podía dejar de vomitar.
—Ya no podía comer porque mi estómago no era resistente a la comida de tanto tiempo alimentándome mal. Y aun así, comencé a inyectarme y a desmayarme, pero no me importaba. Simplemente era: “No me importa lo que me cueste. Esto es lo que yo quiero”.
La diversidad de cuerpos
–Hay una escena muy fuerte de mi vida que la he querido borrar, pero al mismo tiempo forma parte de quien soy. En mi adolescencia, alrededor de los 13 años, yo me veía en el espejo y recuerdo que le decía a Dios: ¿por qué había nacido con ese cuerpo? Y me agarraba durísimo, me lastimaba porque estaba muy molesta con la vida por ser gorda.
Todo esto llevó a pensar en su adultez que toda su historia puede ayudar a que en un país como Venezuela, donde a las mujeres se les exige ser tan bellas y perfectas, no necesariamente tiene que ser así.
– Qué locura que mi único deseo era beber cerveza, porque genuinamente era mi deseo. Yo no quería ser la líder de las gordas, ni hablarle a la mujer, ni nada. Solo quería cerveza gratis; y me di cuenta de que era más grande de lo que creía.
La reacción de las personas, tanto buena como mala, la ayudaron a darse cuenta de que podía hacer algo más con su historia. Y aunque falta mucho para una diversidad de cuerpos, cree que hay oportunidades filtradas.
– Sinceramente, siento que hay mucho “eligela a ella porque es famosa”, “ eligela a ella porque es una belleza que tenemos que incluir”, y tiene un sueño distinto. Sé que suena duro, y si se va a publicar, que se haga; pero sé de esto porque tengo clientes que me han dicho: “a ella no, porque es gorda”, a pesar de que es una persona talentosa. Hay una luz, pero que te diga que hay una puerta abierta de oportunidades, no lo veo. Pero espero que llegue porque nos lo merecemos.
Esto lo pudo presenciar cuando tuvo la oportunidad de desfilar para el diseñador Geovanni Scutaro.
– Yo dije que sí, porque dije que era arrecho estar en una pasarela una vez, una cosa que puedo contar, pero preguntaba: ¿es un mundo del que no quiero formar parte?
Y, a pesar de que conoció a gente bellísima, no solo de cuerpo sino de personalidad, reconoció que no era su espacio, y pudo entender que, aunque haya campañas de diversidad de cuerpos por temporadas, no cree que la gente de verdad crea y entienda que es necesario.
Cosechas de la viralidad
– Mi cuerpo era lo que yo estaba más acostumbrada a ocultar. Si revisas mi Instagram, podrás ver que mis primeras fotos eran puras selfies, porque recuerdo que a mí me gustaba pensar que yo era una cara flotante; como mi cara es lo más bello que tengo, quería que fuera lo único que se viera.
Fue muy difícil lidiar con el hecho de estar en la boca de todo el mundo. No todo el mundo que se acerca entiende el mensaje que deseo transmitir; a veces solo piensan que lo que transmito es “que las gordas también bebemos cerveza”.
–Todavía me cuesta entender lo que dejó mi viralidad. Una de las cosas que más me marcó fue un viaje reciente a Chuspa con mi círculo de amigos, la mayoría de los habitantes salían de sus casas a recibirme con cerveza, anís, ron o cualquier regalo que pudieran darme. Pero hay cosas que, todavía, como a cualquier ser humano, me cuestan.
– Todavía esos demonios están en mi cabeza, esos pensamientos intrusivos. Solo que ahora sé cómo negociar con ellos. Les digo: dame chance.
Creando salud
– Yo no sé si la gente ya ha logrado entender que la forma en que te ves no siempre es la forma en que estás por dentro. Y lo he visto en gente delgada y gente gorda.
Una cosa con la que Anaís no está de acuerdo es con la romantización de los excesos, ese discurso de “aprende a amarte como eres” y que eso te lleve al borde de la muerte o una enfermedad. Ella admite que estuvo en esos límites.
–En enero de este año yo fui a un nutricionista y, de forma muy sincera, me dijo: “Este es el número normal para tener grasa en los órganos, es de 9 a 11”. Yo estaba en 14. Y mi médico me dijo: “No te digo esto para herirte, todavía no estás enferma, puedes hacer algo, pero tiene que ser ya, porque esto te puede perjudicar”.
Y entendió que, aunque ya no desea ser la mujer más delgada del mundo porque comprendió que su cuerpo es otro, tampoco quiere ser la más enferma. Todavía está en sobrepeso, pero… sus hábitos han cambiado, ese límite de grasa en sus órganos bajó a 10, tiene los niveles en sangre bien. Entendió que su cuerpo pesa porque hay músculos, órganos y, sobre todo, vida. Descubrió el amor por el ejercicio y se siente saludable no por un canon de belleza, ni porque se siente flaca —porque cuando llegó a su peso ideal la pasó muy mal, ya que creó trastornos—.
–Yo hoy no estoy en mi peso, pero puedo hacer maratones de cinco kilómetros y me siento feliz, puedo subir un río en una montaña, entendí que estar saludable no es solo la forma en que me veo, sino lo que puedo hacer con mi cuerpo, y apreciar lo que puedo hacer es viéndolo realmente.
Anaís ve esta etapa de su vida, ver a su cuerpo en constante movimiento, sentirlo tan vivo, tan lleno de movimiento, como un logro, porque antes se cohibía demasiado; sentía que si vestía con ropa que la expusieron a nivel físico, como una licra, se le vería el abdomen, si se mojaba se le pegaría la camisa y la juzgaron.
–Un día me dije, ¿hasta cuándo?, ¿hasta cuándo dejaré de hacer cosas? Por ejemplo: no le escribía a un muchacho que me gustara si primero no hacía una dieta, hasta que entendí que si usted lo siente hoy, lo hace hoy y listo.
La salud mental
–Eso me pasó en el desfile de Scutaro. Me acuerdo que estaba esperando que nos maquillaran y pensé que me iba a sentir intimidada porque soy la única que se ve distinta, y aun así dije: no me importa, yo me voy a dar con todo.
El proceso del desfile le dio la oportunidad de convivir con modelos, y recuerda sentarse en una mesa a comer con todos ellos. Le pareció una ironía que el sentimiento despectivo que ella ha sentido toda la vida hacia su cuerpo, lo sentían ellos con el cuerpo que ella siempre había deseado en su vida.
– No podía creer que esa gente y yo seamos espejos, cuando lo que yo siempre he querido es verme como ellos.
Tuvo la oportunidad de oír cómo una de las modelos recordaba que había acudido a un médico que no le quiso hacer el balón gástrico porque podía correr riesgo, y aun así ella quería buscar segundas opciones, porque se quería quitar esos kilos.
– Y ahí entendí que no es como te veas, todo está en la mente y la percepción que tienes de ti. Eso para mí es estar saludable, de la mano con la responsabilidad de cuidar: ir al nutricionista, hacerme mis chequeos dos veces al año, porque eso también es cuidarte, no estar todo el día en un gimnasio metida y luego meterte un atracón.
No sabe si su imagen ha ayudado a la diversidad de cuerpos, pero a diario le llegan mensajes de mujeres que tenían años sin ponerse un traje de baño por miedo o una camisa manga corta por el qué dirán. Admite que es culpa de la publicidad que no se muestren perfiles distintos.
–Siento que lo intentan pero no quieren; es filtrado, no lo quieren genuino. Han creado espacios, pero chiquitos.
Las marcas venezolanas
–Siento que como sociedad venezolana vendernos algo es demasiado fácil, y siempre nos muestran lo más aspiracional, lo más limpio y lo más bello, y por eso ya no me da miedo arriesgarme.
Admite que el tema no es el público, sino el miedo de las marcas a arriesgarse, aunque el consumidor está pidiendo a gritos algo distinto.
–Y yo no solo soy viral e influencer, y cualquier término que me quieras dar. También soy dueña de una agencia; yo estoy de los dos lados de la moneda, y sé lo que es que un cliente te hable sin filtros y te diga: “Tengo tanto y quiero esto. No me importa el color de piel o cómo es, yo solo quiero que lo mío se venda”.
Y aunque admite que hemos avanzado hacia una inclusión, no estamos donde deberíamos estar. Y aunque la belleza en las marcas la definen con moldes establecidos: carillas, cabello alisado, piel perfectamente blanca o bronceada, ella define una belleza auténtica como ser, sentir tus emociones, permitirte y no juzgarte siempre por la forma en que te ves. Reírte es lo que nos hace auténticos, y ahí radica la belleza.
La forma en que pensamos
–No siempre podemos estar persiguiendo una idea de cómo tenemos que ser. Yo me he desprendido de eso. Por ejemplo, con el tema del amor, yo era de las que pensaba: quiero mi historia de amor, que nos veamos, nos agarremos la mano y nos casemos y tengamos tres hijos. Yo soy esa jeva, por eso me di tantos tumbos para entender que eso me lo enseñaron así, pero ¿dónde queda la parte en que yo hago que sea así a como yo soy realmente?
Se empezó a reír y me explicó:
–Puede que hagamos contacto visual, pero lo tenemos que hacer en una rueda de tambor bailando, porque si no baila y está solo caminando en la calle, mami, no va a hacer click conmigo. Entonces, por eso hay que segmentar lo que queremos y cómo lo deseamos.
En el camino de autoconocimiento, muchas ideas y creencias, profundamente arraigadas, se van soltando con el tiempo. Ejemplo de ello es ese famoso eslogan que tanto escuchaba: “para ser bella hay que ver estrellas”. Como se explica, hay que acabar con ese eslogan cuyo autor se desconoce, ni siquiera se sabe quién lo creó.
– ¿Por qué la belleza tiene que ser sufrida? La belleza es como tu te hagas sentir así, no como te dicen que tienes que verte bella. Siento que eso ha roto con la idea de que seamos auténticos. Por ejemplo: si no soy M, prefiero no decir mi talla. Son presiones sociales que vivimos desde pequeños, que tenemos que dejar de lado, porque todo nace desde ahí–explica qué– llega un momento que ya no solo es la delgadez, es estar arreglada las 24 horas, es ser siempre la mejor, es una competencia, hasta que dices: “ya basta por favor”. Estamos en búsqueda de ser quien quiere ser, pero todavía hay presiones sociales. Cuando solté mis prejuicios, empecé a sanar.
¿Cómo ha cambiado Anais?
–Comentario negativo que veo, lo borro y bloqueo, y también he buscado mi valor. Siento que esa presión la modificas; lo que te dicen es lo que te quieren hacer creer, pero no es el camino.
Anais comprendió que no podía seguir odiando su cuerpo. En una oportunidad le dijo a su mejor amiga: “yo me caigo tan bien. De verdad hay una parte de mí que sabía que se quería demasiado”. Y aunque no vivió bullying porque se defendía, llegaba a su casa a llorar, y entendió que necesitaba salvarse, porque sabía que había una parte de ella que se quería y amaba.
Eso la llevó a buscar una fundación que trabaja temas de trastornos alimenticios, donde pasó por una terapia intensa durante dos años de su vida y luchó con esos pensamientos intrusivos.
– Yo me negaba a pensar que tenía trastornos alimenticios, porque toda la vida me habían dicho que era glotona y ya. Dejé de ser glotona, igual era gorda. Odiaba sentarme a comer porque sabía que después iba a sentir culpa, intenté otras vías y sané.
Y aunque hay cosas muy tradicionales que no han cambiado, como la publicidad, sí hay un cambio importante con las redes sociales. “No hay tantos filtros y puedes ser, mostrarte y ver distintas formas de pensar. Han ayudado a las personas a ver otras cosas, para bien".
En el camino dejó de seguir a muchas cuentas que le mostraban vidas perfectas, cuerpos perfectos, porque entendió que eso no era lo que buscaba o quería. Empezó a buscar lo que le funcionaba e inspiraba.
No sabe si su vida cambiará el país, pero sí ha movido a muchas personas. Siempre les aconseja que se arriesguen a encontrarse, no para los demás, sino para ellos mismos, enfocándose más en lo mental que en lo físico. Les recomienda buscar pensamientos que los hagan sentir cómodos, elegir ropa que disfruten y encontrar en esa búsqueda aquello con lo que se sienten identificados.
Anaís Duarte es un referencia de aceptación, cerveza, y amor. Con su mensaje de amor ha cambiado vidas. Aprovecha cada oportunidad para ir más allá de la apariencia. Sus mensajes no se centran en la transformación física, sino en un cambio más profundo: el de la mentalidad y el alma.
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