El reloj que se burlaba de mí
Déjenme contarles un poco sobre esta crónica. Mi profesor de crónica periodística nos pidió que escribiéramos sobre un recuerdo de nuestra infancia, y yo elegí este: el día en que pensé que mi papá se había olvidado de ir a buscarme al colegio. Fue una actividad que disfruté mucho, tanto al hacerla como al escribirla, la escribí desde el punto de vista como si fuera una niña de seis años. Espero que les guste leerla tanto como a mí me gustó escribirla.
No hay peor angustia que aquella que se siente en las largas horas de una espera. Ver con detenimiento el reloj, con un minutero fijo en una hora, como si nunca fuera a avanzar. Sentir que han pasado eternidades cuando solo se ha movido el segundero.
Encima del pizarrón había un reloj analógico que, después de un rato, sentí que me sonreía con crueldad, burlándose de mi desesperación por irme a casa. Pero es que uno de mis mayores miedos se había hecho realidad: me habían abandonado. "Eso me pasa por pelear tanto con Rossana", pensé. Pero es que sus cosas siempre son más bonitas que las mías, y me gusta tocarlas. "Tal vez si me porto mejor, Papá no me volverá a abandonar. O quizá Mami me regañe, pero al menos me llevará con ella si encuentro cómo llamarla."
No quiero ser monja. Siempre me invento las oraciones porque no me aprendo ninguna. Prefiero ver la novela escondida todas las noches que rezar. "¿Si no he hecho nada malo, por qué tengo que hablar tanto con Dios?"
Papi dice que la mejor educación es aquella en la que estudiamos en colegios cerca de Dios, pero yo solo quiero irme a casa. No quiero estar aquí. Mi profe se llama igual que yo, Karla. A veces es buena conmigo, pero otras me regaña mucho, como la profe Sandra, que siempre me habla mal por cualquier cosa.
La profesora Karla me dijo que en un ratito llegaría mi papá, pero el reloj burlón marca que ya se ha tardado demasiado. "¿Mami no me extrañará?" Siempre que me lleva a casa de la maestra Eva, a las tareas dirigidas, me dice que me quiere y que me vaya bien. Ya sé leer y escribir, pero no sé sumar. "Tal vez por eso Papi me abandonó." Él trabaja con números, y yo no los entiendo. Siempre me dice que es fácil, y yo finjo que sí, pero en realidad no comprendo nada cuando me explica. Y luego me regaña.
Detesto a la profesora Sandra. Siempre me dice que deje la lloradera, aunque lo único que hago es hablar con Shaddai y Brenda en clase. Los números me aburren; prefiero hablar de Nicole y de lo feas que son sus colas. Me encanta cuando la Madre Cruz viene al salón. Siempre me abraza cuando me ve. Es lo único bueno del recreo: nadie juega conmigo, pero ella pasa el rato conmigo.
Mami se molesta cuando no quiero levantarme temprano y siempre me regaña. Pero es que no quiero ir al colegio. Prefiero quedarme en casa con ella, viendo novelas y jugando con la plastilina de Rossana. La profe me dijo que me pusiera en posición de descanso hasta que llegara Papi, pero me da miedo que me vean llorando otra vez. La profesora Sandra se enoja cada vez que me encuentra así. "Es que a veces la gente es mala, y solo quiero llorar."
Mi papá me abandonó. Ya no me quiere. Debe ser porque digo todo lo que pienso y a veces lo hago pasar vergüenza, o porque solo me gusta comer pasta con carne molida y nada más. Pero si llega, me portaré bien. Y comeré de todo… bueno, al menos lo intentaré.
—No llores, Karla, que ya tu papá viene —dice la profesora Karla con un tono molesto.
Me muerdo el labio para no llorar más, aunque me escondí en una esquina del salón para que no se diera cuenta. "No quiero ser monja. Son feas y arrugadas. Y solo tengo seis años, no quiero estar casada con Dios. Me dan asco los besos en la boca. ¡Guácala!"
Bueno, esto es lo que hay. El reloj burlón me dice que ya son cerca de las tres de la tarde. Mi padrino me enseñó a leer la hora; eso sí lo sé. "Ahora me tocará rezar todos los días y usar esos vestidos feos que lleva la Madre Superiora. ¿Tendré que dejar de reírme y jugar? ¿Ser amargada y regañona es necesario para ser monja?"
"¿Rossana estará feliz?" Ella siempre dice que soy una ladilla, y Mami la regaña. No sé qué significa, pero después me mira mal. Ya no voy a comer Oreos todos los días, aquí no dan eso. Esas monjas no tienen nada que las haga felices, ni una mamá que les prepare cosas ricas.
Siento algo rasposo en la garganta ahora que no puedo llorar. "Me van a regañar otra vez, a decirme que deje la lloradera. Pero ¿cómo no voy a llorar?" Ya no voy a abrazar a Papi todos los días, ni dormir con Mami, ni jugar con las cosas de Rossana ni abrazarla cuando duerme. "¿Nadie me va a extrañar?"
—Karla, ven acá, siéntate aquí —la profe Karla me hizo un gesto para que me acercara a la puerta del salón y puso una sillita a su lado.
"Tal vez no tenga que ser monja. Podría ser maestra. Me gusta anotar en el pizarrón a quienes hablan en clase." Brenda, cuando se enoja conmigo, me dice que soy una chismosa. Por eso también lloro.
Las matas del colegio son bonitas, y los pasillos siempre están limpios. "Tendré que acostumbrarme a mi nueva casa, porque en la mía ya no me quieren." Tal vez si me volteo, pueda llorar un ratito más a escondidas.
Un silbido, parecido al de Papi, me hace emocionarme, pero mejor me quedo tranquila. "Él ya no va a venir."
—Mira quién viene ahí —dice la profe Sandra desde su silla, con una sonrisa casi de alivio, como cuando te libras de un regaño. "¿Será posible que se arrepintió?"
Una camisa de cuadros rojos y negros que yo reconozco aparece. El bigote de Papi está igual que esta mañana. "Eso significa que viene del trabajo y no me abandonó." El mismo silbido vuelve, acompañado de una sonrisa mientras me espera. Miro de reojo a la profe Karla; sé que me va a regañar, pero ya no me importa. "No me tocará ser una monja arrugada ni una maestra regañona."
—¡Papi! —el grito sale junto con las lágrimas que la profesora Sandra me prohibió derramar. La sonrisa de Papi se vuelve seria, y mira a la profesora con gesto interrogante.
—¿Qué tienes, hija? —ve a la profe Sandra, y ella encoge los hombros como diciendo que no sabe.
"Gorda bruja, si me dijiste que dejara la lloradera."
No puedo hablar. El nudo en la garganta se hace más fuerte. El olor de Papi es el mismo; eso significa que me voy a casa. Se sienta en el muro cerca del salón y me acomoda en su rodilla. Saca uno de esos pañuelos que Mami siempre le plancha y me seca la cara.
—Es que… yo pensé que me habías abandonado —las lágrimas vuelven a brotar—, que ya no me querías.
Papi se ríe mientras me soba la espalda y me abraza.
—No, mami, no pienses eso. Es que se me hizo tarde en el trabajo.
El nudo en mi garganta se aprieta más, y lo único que hago es abrazarlo fuerte. Papi toma mi maleta, la cuelga en su hombro y me carga hasta el carro. Me dice que más tarde comeremos helado. "Tanto llorar a veces me da sueño."
Lo único bueno de todo esto es que no tendré que aprenderme esas oraciones aburridas. Podré seguir viendo novelas… siempre y cuando Papi no se entere.
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