El anillo de Maíta
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| El anillo de Maíta |
Mientras respiraba de forma pausada, tratando de calmar el nerviosismo que siempre me ha caracterizado, subí despacio las escaleras de mi casa que me llevaban a mi cuarto, con la mano empuñada y el anillo en su interior. Caminé lo más tranquilamente posible para ocultarlo como si fuera el más valioso de los tesoros, y sobre todo escapar de cualquier regaño que pudiera ganarme.
El anillo estaba un poco sucio, así que bajé nuevamente a tomar prestado —sin haber preguntado antes— el celular de mi papá para buscar en YouTube “¿cómo limpiar un anillo de plata?” Los ingredientes estaban en mi casa, pero faltaba algo importante: hacerlo cuando mi mamá no se diera cuenta. Esperaba con ansias que se acabara cualquier cosa en la casa para que ella fuera al mercado a comprarlo. Pero no fue necesario, ya que alrededor de las nueve se acostó a dormir y fue la hora perfecta para comenzar mi misión: limpiar mi nueva adquisición.
Siguiendo las instrucciones del video, puse a hervir agua, saqué un molde pequeño con miedo a hacer ruido porque era de metal; busque un poco de papel aluminio, bicarbonato de sodio —que mi mamá me tenía prohibido agarrar para mis panquecas esponjosas, las cuales siempre dejaban la cocina oliendo a quemado— y una pizca de sal. Coloque todo junto y lo deje en remojo por un rato. En el video se aconsejaba que luego de sacarlo del recipiente se debía usar un cepillo de dientes para retirar cualquier vestigio de mugre; para mí fue la excusa perfecta para tomar el cepillo dental de mi hermana y sacarle el mayor brillo al anillo.
—Todo sea por mantener limpia una reliquia familiar —dije entre risitas infantiles mientras hablaba sola, y me disfrutaba la maldad que estaba haciendo. Cuando era necesario volvía a sumergir el cepillo en el agua con bicarbonato para darle brillo.
Cuando vi que estaba listo, sonreí con orgullo y lo coloqué en una toalla blanca con la que mi papá se limpiaba la cara después del afeitado; mi mamá no dejaba que la tocara porque era “delicada”. La tomé porque en las instrucciones decían que se debía secar con cuidado con un paño de algodón para que brillara más.
Después de mi travesura justificada, limpié todo con el mayor nerviosismo por si mi mamá me descubría con algo en mis manos que en teoría ella no sabía que era mío; limpié la cocina lo más rápido posible y subí a presumirle a mi tía cómo había quedado el anillo de Maíta después de limpiarlo.
Cómo llegó a mí
Pasaron muchas generaciones y décadas antes de que algo de esta mujer llegara a mis manos. Fue un diciembre de un año que ya no recuerdo; Mi tía llegó, como todos los años, un dieciséis de diciembre a celebrar el cumpleaños de mi mamá, con las manos llenas de regalos para la cumpleañera y también para los que no cumplían. Recuerdo que en esos años estaba en edad escolar y me faltaba poco para comenzar el bachillerato.
Las manos de mi tía, a diferencia de las de mi mamá, mi abuela y las mías, eran unas manos con dedos largos y delicados, donde pocos anillos adornaban. En la mayor de mis inocencias, le pedí que me prestara uno de ellos y, como con cada petición que siempre le hacía, muy pocas veces salía un "no" de su boca.
—Ese anillo era de Mamá —comentó con la mayor naturalidad mientras seguía comiendo un plato navideño que le había servido. Pero para mí ya nada de lo que me hablaba importaba porque sabía que tenía entre mis manos la más valiosa de las joyas. Era pequeña, una prenda práctica para el día a día, y era de ella, de Maíta.
Me armé de valor y yo, que nunca he sido de pedir cosas ajenas, le pregunté acercándome, con miedo a que mi mamá me escuchara y me regañara.
—¿Me lo puedo quedar, tía? ¿Me lo regalas? —miraba de reojo hacia la cocina por miedo a que mi petición llegara a oídos de mi mamá y luego quedara sorda con todos los regaños que me daría cada vez que se acordara de mi abuso.
Como la mayor de las alcahuetas, mi tía me sonrió y solo asintió con la cabeza. En mi eterno nerviosismo por miedo a cualquier palabra grata o no grata de mi mamá, subí a mi cuarto de la manera más natural, con la mano empuñada y el anillo adentro. Caminé lo más calmadamente posible para esconderlo como el más valioso de los tesoros.
La prenda más fina que adorna mis dedos
Con el paso de los días fue imposible que mi mamá no se diera cuenta de que en mis dedos había algo que no era mío; ahí me di cuenta de que mis intentos por mentirle eran imposibles: primero porque lo hacía fatal y segundo porque siempre terminaba recibiendo un buen regaño.
—¿Quién te dio ese anillo? —me preguntó una noche mientras cocinaba. Calculé cuánto iba a tardar en correr desde la cocina hasta el cuarto para pedir auxilio a mi papá. Respiré profundo y le dije:
—Me lo regaló tía Tiola, mami; era de Maita.
Le mostré el anillo; con mi mano temblorosa. Ella lo miró con calma y como si fuera el más maravilloso milagro, no hubo regaños ni gritos. En la más profunda reflexión me dijo que lo cuidara y siguió cocinando. Hasta hoy creo que fue un mensaje de mi abuela cuidándome desde el más allá para evitar que mi mamá me cortara la cabeza.
Hay una vieja leyenda que dice que los egipcios enterraban a sus muertos con anillos de oro y plata en el dedo medio, ya que creían que este estaba conectado al corazón. Algo curioso es que lo leí cuando, en mi dedo cordial —o como decía una amiga, el dedo grosero— tenía una valiosa alhaja que estaba conectada directamente con mi corazón.
El anillo era de una circuferencia grande; al principio pensé en colocarlo dentro de una cadena pero en esa época todas las collares que usaba se ponían negras solo con verlas. Así que empecé a usarlo en mi dedo “grosero”, como decía una buena amiga; hasta ahora siempre me ha acompañado.
El anillo de Maíta ha pasado más tiempo conmigo que muchas personas. Estuvo en mi graduación del quinto año, en mi primer día del liceo; ha estado presente en las innumerables veces en las que me rompieron el corazón personas queridas con desplantes y sequé mis lágrimas en la misma mano donde lo llevaba. Me acompaña mientras escribo, leo y ordenó; solo sale de mi mano cuando limpio o duermo. Se puede decir que somos uno solo.
¿Quién era Rosalía?
Algo que me impresionó al investigar sobre esta mujer tan mística en la memoria de quienes la quisieron es el respeto que inspira aún después de tantos años desde su fallecimiento. Hablan de ella con el mismo temor con el cual hablarían sobre un policía o una ley.
Me han contado que Rosalía lucía vestidos con grandes adornos, zapatos lustrados como si estuvieran recién salidos de una zapatería y joyas que parecían haber sido prestadas por la misma Casa Real Española. A diferencia de muchas manos, las suyas eran gruesas; cada dedo robusto tenía como sello estar adornado por anillos igual de grandes que ella misma, con piedras incrustadas en oro que brillaban como el sol.
También escuché que a lo largo de su vida sus manos sirvieron para grandes cosas: preparar los platillos más exquisitos capaces de dejar satisfechas incluso a las personas con el paladar más refinado o más criollo; vestir prendas finas; y reprender con duras bofetadas a aquellos que la retaban u ofendían. Esto demuestra lo útil que puede ser un anillo para algo más allá del simple adorno.
Hay muchas cosas que Rosalía y yo compartimos: más allá del mechón canoso adornando mi frondosa melena, un mal carácter que aflora cuando es necesario y un amor inmenso por su familia; tenemos un gusto especial por los anillos. Además, compartimos una fina prenda de plata con una diminuta piedra que brilla cuando recibe el reflejo del sol; pero hay algo aún más importante: ella era mi abuela.
Una abuela a quien deseé tanto conocer durante mi infancia que incluso llegué a inventarla en mi cabeza; vivió en mis recuerdos gracias a las historias contadas por terceros sobre ella. El temor con el cual aún habla mi mamá sobre Rosalía, el respeto mencionado por papá y el amor expresado por mis tíos al recordarla hicieron posible su permanencia conmigo; vive en mí, cada día en cada anécdota compartida por quienes aún la recuerdan.
Un anillo es el accesorio más delicado, algo que adorna con elegancia las manos y otorga un toque de belleza y juventud. Existen una gran variedad de anillos: grandes, medianos, pequeños y algunos que poseen un gran valor. Estos son similares a los que adornaban las manos de Rosalía Ceballos Sabino de Bruzual.

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