Ser periodista ¿fama o responsabilidad social?
Una vez, mi profesor Álvaro Montenegro, cuando me estaba dando Historia de la Comunicación, me dijo una frase que cambió mi vida: "El deber de todo periodista es saber que cuando comparte una noticia, ésta debe ser entendida tanto por el ama de casa que da de comer a su hijo, como el obrero que está mezclando cemento, como el empresario que está haciendo un negocio”. Ese miércoles entendí que el periodismo, más allá de la fama, era un compromiso social muy grande.
Hace unos días, mi amiga Arianna me dijo: "Nunca te había oído hablar con tanta pasión de algo, deberías hablar de ello". Sentí miedo porque pensé: “¿Pero de qué puedo hablar de periodismo? Sí, todo lo que se lo aprendí en un aula." Pero luego me di cuenta de que el amor por esta carrera va más allá de aparecer en una pantalla de televisión o tener un alto número de seguidores en las redes sociales.
Nuestro deber como comunicadores es informar, explicar y analizar situaciones que nadie más maneja. Y en este caso quiero hablar de mi experiencia. Elegí esta carrera por varias razones; el primero fue "¡que nadie me vuelva a decir que me calle, nunca!". Quería que mis palabras y mis pensamientos fueran respetados porque tenían algo importante que decir. Recuerdo que en mi adolescencia mis compañeros siempre se reían de mis intervenciones en clase con sarcasmo e ironía. Un enojo enorme me invadía porque sabía que lo hacían por crueldad, pero por dentro sabía que algún día mis palabras tendrían mucho valor.
Sin embargo, dejando esos traumas de lado, es importante mencionar que gran parte de mi infancia estuvo marcada por la influencia de la prensa. Crecí viendo a mi papá leer el periódico, ver las noticias y escuchar a figuras como Leopoldo Castillo y Gladys Rodríguez, Román Lozinski, entre otros. Vi la importancia que tenía en mi casa, en la vida de mi padre, cuando compartían una noticia, la analizaban en profundidad, debatían sobre ella y cumplían con el deber más hermoso que existe: informar, dar a conocer lo que pasaba en este país y en cualquier otro.
Hoy me da risa recordar que, en mi cabeza de niña, las noticias económicas eran sagradas, y a mi papá no le gustaba escuchar ningún ruido mientras hablaban de una devaluación, un aumento del salario mínimo o sus derivados. En mi mente no entendía lo que decían en la televisión, solo sabía que cuando mi papá fruncía el ceño ante la palabra "devaluación", solo sabía que había menos salidas los fines de semana y me podían comprar menos galletas Oreos en el supermercado cuando hacían la compra del mes.
Y allí, desde muy temprana edad, supe qué quería ser periodista.
Escribir con valentía una noticia mientras te tiemblan las manos, pero sabiendo que lo haces por algo más grande que tú y yo, por la gran felicidad de saber que tus palabras conmueven a la gente y, sobre todo, hacen morir la ignorancia. Sólo por eso, y mucho más, vale la pena ser periodista.
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